Altar del Convento de Santa María en 2014

Artículo escrito por Manuel Clavijo Andújar, profesor de la Escuela de Arte de Sevilla
Foto de Manuel Romero. Altar del Convento de Santa María. Jueves Santo, de 2014

Existen tantas Semanas Santas como personas. Todas y cada una de ellas son reales, válidas y representan en su diversidad un mismo acontecimiento que cada año marca el renacimiento de la vida, la terrenal y la espiritual. La mía no difiere mucho a la de tantos de vosotros. Solo es necesario dejarse llevar. Es curioso cómo, siendo un tiempo de austeridad y de introspección, nosotros lo percibimos como un tiempo de esperanza. Interpretamos la Pasión en clave de vida y por ello convertimos la injusticia, la maldad, el martirio y la muerte de Cristo en belleza, equilibrio, armonía, fraternidad porque detrás de todo ello vemos la Resurrección. En estas fechas de ayuno, el bacalao, las espinacas o las torrijas se convierten en exquisiteces. Los andaluces sabemos convertir el precepto en placer. Los sentidos al servicio de la percepción de lo divino. Y lo encontramos en una voluta barroca, en las flores de un fanal, en el laberinto de cera, plata y oro que conforma un palio. Todo dentro de la teatralidad aprendida de siglos y asentada como valiosa herencia de padres a hijos, de generación en generación. Silencios, aplausos, sentimientos a flor de piel, mimo y delicadeza en cada detalle, en cada movimiento.

Tiempo de Cuaresma, de reflexión, de altares austeros y viernes de vía-crucis. Noches frías de parihuelas vacías, del reencuentro en las casas de hermandad, de lustre de plata, túnicas oreadas al viento y a coger el bajo que hay que ir perfecto. Repaso de capirotes, guantes y escudos. Riadas de moroneros calle San Miguel arriba para comprobar que Él siempre estará allí aún con las manos atadas. Dios se reencuentra en marzo y si le necesitas tenerle más cerca, cada Viernes del año, que por eso Dios creó la Cañada donde bajando una cuesta, se sube a los cielos. Estas son las paradojas que para descifrarlas se transmiten de padres a hijos y de siglo a siglo. Y poco a poco, retando a la arquitectura, levantamos templos efímeros plenos de belleza y equilibrio con oro, plata, terciopelos, cera y flores. Todo un universo en alabanza al Creador y a su Madre.

Viernes de Dolores, Puertas abiertas a los Días Grandes. María se enseñorea en la Ermita, bajo un cielo de palmeras, Vía-Crucis salesiano a la sombra de los claustros por poniente y en los confines de levante, nunca el Pantano se vio tan bello que con el Soberano derramando gracia a raudales en un barrio que lo esperaba como a la Reina de los Ángeles.

Mientras tanto, preparativos, retoques, retranqueos, Dolorosas ataviadas con el mimo de sabias manos en espera del reencuentro. Pliegues, ajuste de polleros, fanales y trabajaderas; armonía y equilibrio al servicio de la tradición y el rito.

Interpretamos la Pasión en clave de vida y por ello convertimos la injusticia, la maldad, el martirio y la muerte de Cristo en belleza, equilibrio, armonía, fraternidad porque detrás de todo ello vemos la Resurrección

Amanecer de Domingo de Ramos, esos de azules intensos, de ropa de estreno y de vida naciente entre las copas de los naranjos en la Carrera. Palmas y olivos en los templos. El rezo de la Pasión en los altares y Cristo entra en Morón por Puerta de la Plata a lomos de una borriquilla que abrevaba allá en la fuente agua fresca del Guadaira. Pronto llegará la tarde de blancos y oros de Paz donde el sol se filtra juguetón entre la malla de su Gloria de palio y cuando la luz se apague seguirá ardiendo en tus ojos hasta alcanzar San Miguel.

Lunes Santo en la Merced. Marchena de punta en blanco. Calvario en el Angostillo y Mayor Dolor por Lobato. Mis recuerdos de niño anidan el Martes Santo en la Lección salesiana de Buena Muerte en la oscuridad de Carretas mientras María de la Amargura, regresa vencida por Utrera.

Pero frente a la Semana Santa en la calle, yo prefiero la de los Oficios, la de la preparación del Monumento de Jueves Santo, la del reencuentro, la de silencios monacales, la de luz filtrada entre los claustros, la de calas blancas y rosas aromáticas de los recoletos jardines, la del rumor de las horas litúrgicas desde la capilla mientras las flores toman posiciones en los pulidos jarrones para el Tabernáculo. La de la alegría de sus religiosas, el recuerdo de las Jerónimas que hoy gozan de la paz de los justos, las de mis incondicionales hermanos de la Tertulia dando sentido a la palabra fraternidad y Amor. Y por la tarde llegan hasta el convento el resonar de las bandas desde los altos de San Francisco donde la Madre de Loreto reina entre azules celestiales mientras su hijo ora al Padre entre olivos sombríos.

Jueves del Amor Fraterno. Cristo expira por Vicario y en Ánimas reina la Esperanza entrada la Madrugada. Morón tendrá una cita de siglos con Padre Jesús. La cuesta se vuelve río morado y el negro de la noche se enrosca en los varales pues no hay Dolor como el de Ella y más este año que tu sierva e hija María de los Ángeles no seguirá tus pasos tras tu manto de Estrellas. Hoy goza de contemplarte eternamente hasta que nos encontremos de nuevo, hasta que Dios lo decida.

Y a la hora de su muerte, iglesias con altares desnudos y la adoración de la Cruz antes de cerrarse hasta la Vigilia Pascual y al caer la noche, María en sus Angustias acoge en sus brazos la Victoria de Cristo y en la urna reposará inerte. Y el Sábado, la Soledad, plena de belleza, pone en la tarde el broche de oro abriendo las puertas a la Resurrección. Aunque en realidad mi Semana Santa, como la de tantos, no acaba aquí sino que cada día existirá un momento que evoque lo vivido, una ilusión para la próxima y un reencuentro de nuevo con ese instante que por efímero permanecerá y un recuerdo presente a los que nos precedieron en la Casa del Padre.