Domingo de Ramos en Morón. Foto, Juan Manuel Guardado, 2019

Artículo escrito por Ezequiel Ríos Jiménez, pregonero de la Semana Santa
Foto de Juan Manuel Guardado, Domingo de Ramos de 2019

Mi Semana Santa es un paréntesis en la rutina diaria, es aliento para el devenir cotidiano, es una bocanada de aire fresco con la que intento cada año vivificarme, es un hálito suave que hace renacer, al igual que renace la primavera con la que llega de la mano, mi fe cristiana, la alimenta, le da sentido a las tribulaciones particulares de todo un año porque le da sentido a nuestra propia Cruz, le da sentido a la muerte… y con ello le da sentido, por tanto, a nuestra vida. Y es en nuestra manera de celebrarla donde está precisamente la causa de esto.

Posiblemente por aquello de que conocemos el desenlace, y sin duda por nuestra propia idiosincrasia, anticipamos el gozo de la Resurrección siete días, hasta el Domingo de Ramos; y con ello, la semana de la Pasión y Muerte del Señor se convierte en una Resurrección extendida que comienza en el mismo momento en el que se pone la primera Cruz de Guía en el umbral de la puerta de una iglesia. De domingo a domingo, todo es gozo.

Durante siete días las agujas del reloj reducen el tiempo, nos cambian la velocidad del ánimo, nos permiten el reencuentro y nos despiertan la memoria de los que no están. Son siete días para recorrer lo vivido y hasta para volver de alguna forma a la infancia con los ojos del presente, quizás por aquello que una ocasión leí de que la infancia tiene su patria en la muerte y en la fiesta. A lo que yo me pregunto: ¿no hay acaso entonces mejor patria que ésta, que iniciar la conmemoración de la muerte de Cristo sabiendo que acabará con la fiesta de la Resurrección?

Cada año se estrena Semana Santa y con ella se estrena la propia vida. Sabes que la conoces, pero siempre la buscas y esperas descubrirla nuevamente en toda su intensidad

Revivir, por tanto, la Semana Santa es regresar cada año a nuestra patria emocional. Pero ello no significa que la disfrutemos repetidamente como el que ve su película favorita. En absoluto. Pasan los años, reproducimos la celebración, pero nunca es la misma. Aquí, en Semana Santa, cobra pleno significado el aforismo de Heráclito: “nadie se baña dos veces en el mismo río”. En estos siete días que son la fiesta de la memoria, -de la memoria de la Pasión del Señor, y de la memoria de la pasión particular de cada uno de nosotros- al tiempo que regresamos a nuestra patria de emociones, la riqueza espiritual y estética de la celebración nos permite complacernos de nuestro propio presente y adelantarnos a un poético devenir.

Cada año se estrena Semana Santa y con ella se estrena la propia vida. Sabes que la conoces, pero siempre la buscas y esperas descubrirla nuevamente en toda su intensidad. Siempre hay un hallazgo entre la infinita belleza que la envuelve, una conversación inesperada con alguien que te abre una puerta hasta hora entreabierta tras la que descubres algo nuevo que la enriquece, un libro –asidero siempre, y más en momentos difíciles como el actual- que es el encuentro literario con los grandes que han escrito sobre esta celebración tan ancestral como nuestro Credo cristiano, unos enseres inexplicablemente desconocidos, una marcha que suena para hacerte sentir casi lo mismo de siempre, para degustar sabores de otro tiempo o simplemente para soñar lo que vendrá, una compañía que nos hace evidente el camino de la Cruz, una presencia que nos acerca al significado de lo que somos, un aroma conocido pero inexplicablemente ahora diferente que te inunda de plenitud los sentidos justo en el mismo instante en que desaparece, fugaz como la vida misma, y que al regresar cada año se engrandece. Todo lo aprendiste con alguien, se lo descubriste a otra persona, y lo compartirás con ellos siempre al revivirlo. Mi Semana Santa es la vida misma.