Domingo de Ramos 2019 Morín, foto de Juan Manuel Guardado

Artículo escrito por Manuel Barroso Morilla, periodista de Canal 4 Tv
Foto de Juan Manuel Guardado, Domingo de Ramos de 2019

En primer lugar me gustaría dar las gracias a Juan Andrés Siles por confiar en mí e invitarme a participar en esta edición digital de la revista Morón Cofrade, santo y seña de nuestra Semana Santa, para reflexionar sobre mi Semana Santa 2021. ¡Qué fácil y qué complicado al mismo tiempo! Y además, me invita a hacerlo en uno de los días más importantes para el Cristianismo, como es el Domingo de Resurrección. Todo ha culminado, Cristo está entre los vivos y ha subido al cielo para sentarse a la derecha del padre. Un día como hoy no ha terminado nada, todo ha vuelto a empezar. No estés triste cofrade, alégrate porque Dios ha resucitado.

Decía antes que explicar mi Semana Santa 2021 es fácil y complicado al mismo tiempo. La respuesta más fácil sería sin pasos, recordando momentos e intentando aguantar el chaparrón de la mejor manera posible. Pero eso sería reducir muchísimo lo que ha supuesto esta Semana para mí. Porque esta Semana Mayor 2021 ha sido la de mi encuentro con Dios. Normalmente, durante estos siete días en los que vivimos su Pasión, su Muerte y su Resurrección, él viene a buscarnos por nuestras calles. Este año hemos sido nosotros los que hemos ido a su encuentro en las diferentes iglesias y parroquias de Morón de la Frontera. ¡Qué diferente ha sido esta Semana Santa a la del año pasado! Vivirla sin poder ver a nuestros titulares, sin poder rezarles de forma presencial, en la intimidad de una habitación mirando unas estampitas y con la tristeza de que es Semana Santa pero no es nuestra Semana Santa. Fue una de las peores sensaciones mi vida. Al menos este año hemos podido estar con ellos.

Porque sí, la pandemia nos ha robado a los cofrades muchos momentos. Nos ha robado el izquierdo por delante de un Soberano y el estreno de un palio por el Pantano; nos ha robado la alegría de la mañana del Domingo de Ramos y el sonido de las campanillas de Cristo a lomos de un borriquillo; nos ha robado al Cautivo bajando por las Morenas y la cara iluminada de la Virgen de la Paz por los rayos del sol que traspasan su palio de malla; nos ha robado a la Hermandad de la Merced por el eje que conforman Lobato-Blas Dávila-Panduro; nos ha robado el silencio de la Buena Muerte por la calle Carreta; nos ha robado la algarabía de Loreto subiendo Padre Galán; nos ha robado a la Compañía llenando de Esperanza cada rincón de Morón; nos ha robado la explosión de la mañana del Viernes Santo con Jesús subiendo a San Miguel como si estuviera subiendo al mismo cielo; nos ha robado el luto por Cristo muerto; y nos ha robado la Soledad de una madre que se pregunta por qué.

Sin embargo, y aunque parezca raro, la pandemia nos ha permitido vivir otros momentos que dentro de unos años explicaremos a nuestros hijos como algo histórico. Por ejemplo, nos ha permitido rezar al Dios de la Bondad mirándole bien de cerca a los ojos y con María Auxiliadora detrás, contemplar al completo el misterio del Calvario con una belleza tremenda, poder rezar con el Señor, olivo incluido, en la Capilla que posee la Hermandad de Loreto en la Parroquia de San Francisco, o a la Soledad en el Gólgota únicamente con la cruz y el sudario en la parte trasera. Dicen que menos es más, pues aquí se cumple a la perfección. Todo no ha sido malo, saquemos el lado bueno de las cosas, Always look on the bright side of life, como cantaba un grupo de crucificados al final de la siempre recordada y disfrutada película «La vida de Brian», genial locura de Los Monty Phyton.

Dejando de lado el aspecto más personal, para una persona como yo que ama su profesión y ama la Semana Santa, entenderéis que contar esta Semana es el pico máximo del año. Y aquí solo me sale una expresión: echar de menos. Porque sí, hemos preparado para la televisión unos programas especiales (desde aquí me gustaría darles las gracias a todas las personas que han participado y lo han hecho posible), pero no es lo mismo. No sabéis lo privilegiado que me siento de poder ver tan de cerca a nuestras imágenes mientras cuento la vida en Semana Santa mirándolas directamente a los ojos y como, a veces, soy incapaz de aguantar esa mirada. No os podéis imaginar lo que supone para mí ese momento en el que micrófono en mano capto las voces de esfuerzo de los costaleros debajo de un paso, a los capataces llamando a sus hombres y mujeres y las emociones que provocan ese momento, o como se nubla todo por el incienso mientras de fondo rompe una marcha. No podéis imaginar la ilusión que me entra cuando se me acerca un pequeño nazareno o un monaguillo a darme una estampita. O el saludo que el bueno de Santi Gómez me da cada Domingo de Ramos delante del Cautivo. Sí, me siento un auténtico privilegiado, esa es la palabra, privilegiado, de poder contar la Semana Santa de mi pueblo, de poder acercársela a aquellas personas que por desgracia no pueden salir de sus casas. Y eso lo estoy echando muchísimo de menos. Porque nos da vida. A todos. Creo que mis compañeros, Laura, Jorge y Paco, tendrán que frenarme el día que regresen las procesiones.

Para un cofrade, la Semana Santa es lo más grande que hay en el año, y no poder vivirla como se vive en nuestra tierra Andalucía es algo muy triste. Demasiado triste. Por eso me quiero despedir mandando un mensaje de optimismo. Sí habrá Semana Santa en 2022. Sí habrá procesiones en 2022. Alguno dirá «Qué dice el loco éste», otros dirán «así me gusta, vamos palante los cofrades». Pero sí, estoy convencido a día de hoy de que el 8 de abril del año 2022 el Soberano y su Madre de los Ángeles recorrerán las calles del Pantano y el 10 de abril, el Señor de la Bondad abrirá las puertas de la Iglesia de María Auxiliadora como cada Domingo de Ramos. ¿A día de hoy es un sueño? Sí, ¿y qué? No hay pandemia que pueda con los sueños.