Cristo de la Agonía en el Huerto. Foto Juan Manuel Guardado, Miércoles Santo de 2019

Artículo escrito por Marta Muñoz Bermúdez
Foto de Juan Manuel Guardado, Miércoles Santo de 2019

Y de repente, “nos encontramos con el primer vecino de Morón que sale a nuestro paso. Nos saluda. Allí estaba esperándonos […] Nos espera. Hemos vuelto. Sabe que allí llegaremos. Tus lágrimas son las nuestras. Míralo, Marta. Lo vemos”.

Durante muchos años lo vimos. A Él. Al señor de la Agonía en el Huerto, al cristo de Loreto. Al del miércoles santo. Era nuestra entrada oficial en la Jerusalén moronera. El día que arrancaba nuestra Semana Santa. Y así lo glosó el editor de esta revista, Juan Andrés Siles, en su pregón de la Semana Santa de Morón en 2014.

Quería recordar estas palabras, este año, especialmente, para tratar de explicar el sentimiento cofrade desde la distancia. Como sabrán muchos de ustedes, Juan Andrés y yo vivimos desde hace muchos años fuera de nuestro añorado Morón. No nos sonroja el admitir que tenemos dentro de nosotros un Morón idealizado por los kilómetros. Kilómetros que desde el año pasado se hacen más duros si cabe, más llenos de incertidumbres, de nostalgias y añoranzas.

Y hoy, viernes de Dolores, la memoria se nos hace más presente y el corazón nos late apresurado queriendo poner los zapatos recién estrenados en la calle María Auxiliadora, como algún domingo de Ramos afortunado. Y trasladarnos de nuevo a Eduardo Dato a tocar el llamador mercedario y que desde el mismo Calvario se precipiten señales inequívocas de fe, que serán solo nuestras. O, como en la mayoría de los años madrileños, la oración nocturna de nuestro Señor nos recuerde que hemos vuelto, que ya estamos, que ya todo será gozo, que durante cuatro días seremos y serán inmensamente felices, entre capas nazarenas, abrazos cofrades, cera derretida, incienso quemado y torrijas disfrutadas en familia.

La oración nocturna de nuestro Señor nos recuerda que hemos vuelto, que ya estamos, que ya todo será gozo, que durante cuatro días seremos y serán inmensamente felices

Y quiere también la memoria que el alma se encoja otro Jueves Santo, al ponernos las túnicas, diferenciar los guantes y antifaces a contrarreloj y subir Lobato. Juntos. Con nuestros niños, a los que dibujaremos nuestros recuerdos, que serán suyos, por los robados. Y llegar juntos y llorar juntos. Y abrazarnos. Y verla a Ella. Y seguirla, cargando la cruz prometida, con una mano en la vara de siempre, la otra en el canastito repartiendo Esperanza con voz infantil; otra más estrenando la ansiada varita; y una grande, bien prieta, asiendo la manigueta con la fe de todos. Nos encogeremos un año más cuando la Expiración pase el dintel y nos ciñamos un poquito más el cíngulo, porque ya mismo nos toca.

Y todo habrá sido un sueño vivido, una Semana Santa más. Tras el Sábado Santo y la despedida que le habremos dado a nuestra otra Madre en San Miguel. Y con suerte, después de haber vestido otra vez mi mantilla decimonónica para acompañar a nuestra Angustia, en duelo compartido.

Y así volveremos, con el corazón henchido y el alma plena. Colmados de sentimientos, de vivencias, de presencias y ausencias. Con kilos de felicidad desde Santa María, de nuestras monjas. Con el cariño impregnado de nuestros amigos que vimos por casualidad en el Pozo Nuevo, en la calle San Miguel, en Romana… que ya saben todos lo que es vivir la Semana Santa a nuestro lado.

Y daremos gracias, y nos sentiremos afortunados. Como hoy, como cada año. Por ser cofrades, aunque emigrantes. Por tener tierra a la que volver y de la que alejarnos. Por tener una familia y echarla de menos. Y por volver a ellos, con gozo.

Que sirvan estas palabras como aliento, como ánimo, como esa ayuda que llegó de Cirene, para todo el emigrante que hoy, como nosotros, está fuera de su tierra añorada.