Virgen de Loreto, foto de Carlos Romero, 2019

Artículo escrito por Rafael J. López Gallardo, profesor de Secundaria de Geografía e Historia
Foto de Carlos Romero. Año 2019

Comienzo esta reflexión, a la que me invita mi querido amigo Juan Andrés, en pleno inicio de la Cuaresma y de fondo, como no puede ser de otra manera, una marcha: La esperanza de María, ese sentimiento, guiado por la Virgen, que debemos tener en el corazón, en estos momentos para recuperar la normalidad en todos los sentidos y que tanto necesitamos.

El director de Morón Cofrade, en su anhelo en que impere la normalidad, nos propone, a sus colaboradores, que hablemos de cómo vivimos y sentimos la Semana Santa. A mí, particularmente, me gustaría referir cómo vivo el Año Santo, pues seguro, que para la mayoría de los cofrades de bien, todo el año es Semana Santa. Así, nuestras vivencias cofrades se alargan durante todo el año litúrgico, celebrando la Pascua de Pentecostés, adorando la presencia real del Señor en la Festividad del Corpus, valorar el tiempo de Ordinario mirando a las Glorias de María y centrándonos en ella en sus festividades concretas. Pero, vamos a centrarnos en la Cuaresma, pórtico de la Semana Santa.

Para mí, como para todos, comenzamos este tiempo litúrgico con el Miércoles de Ceniza, día cargado de simbología por lo que significa para nuestra fe y para los cofrades. En mi caso, este día añade la particularidad de que da paso a los cultos dedicados al Stmo. Cristo de la Agonía en el Huerto, en el que vivo de manera muy especial el Vía Crucis, al reflexionar en esas quince estaciones, en las que acompaño en la intimidad a mi Cristo, por las calles de nuestra feligresía, cómo es mi vida como cristiano y cofrade. Este Vía Crucis se yuxtapone con el que, días después, celebramos todos los cofrades moronenses, más unidos que nunca y al unísono, en torno a una de nuestras imágenes, la cual, en esos instantes nos pertenece a todos por igual, formando la gran hermandad moronense.

Pero la Cuaresma, por lo menos la mía, no sólo se restringe a actos religiosos, caben más momentos, sin los cuales no la podría explicar: la presentación de Morón Cofrade, el pasear las noches de los fines de semana y encontrarte los pasos ensayando por el Pozo Nuevo, acudir a los certámenes de música en los Altos de la Plaza, el Casino Mercantil de verano, que este año cumple su centenario, las largas horas de debate y charlas en nuestras casas de hermandad, el escuchar algunos de los pregones “particulares” que desembocarán como afluentes al gran pregón de nuestra Semana Mayor; en el cual, uno de los nuestros, nos contará cómo siente, percibe, sufre y vive su especial Semana Santa, y que desinteresadamente nos la regala desde el escenario del Teatro Oriente. Y cuando su voz se apaga, sin dilación, nos pone delante de esa semana tan ansiada y deseada.

Nuestras vivencias cofrades se alargan durante todo el año litúrgico, celebrando la Pascua de Pentecostés, adorando la presencia real del Señor en la Festividad del Corpus, valorar el tiempo de Ordinario mirando a las Glorias de María y centrándonos en ella en sus festividades concretas

Pero antes de ese día único del año, el Domingo de Ramos, mis vivencias hacen dos paradas importantes. La primera, cuando poco antes del retranqueo en San Francisco, con mi admirado amigo y maestro cofrade Manolo Toro, montamos en la capilla sacramental de la iglesia el monumento del Jueves Santo, horas en las que, en pos de engrandecer al Señor, me habla de sus memorias y recuerdos en nuestra hermandad, por la que tanto se ha desvivido. El otro momento es más reciente, encuadrado en el Viernes de Dolores, día de inicios de vacaciones, de un ambiente callejero sin igual en Morón y que desde hace unos años, nos conduce hacia el Pantano, para ver al Soberano Poder juzgado y condenado por el poder mundano de Pilato y de todos nosotros. Las sensaciones de pisar este barrio, tras el Señor, me evoca a recuerdos muy emotivos, pues si ahora sigo los pasos del Padre celestial por sus calles, años atrás, seguía los pasos de mi padre terrenal, cuando nos dirigíamos a la panadería de la calle Los Castillos, donde tantos recuerdos me evocan a él.

Y tras esto, el Domingo de Ramos y la Semana Santa. Días en los que vivo un cúmulo de sensaciones, que me marcan en esta semana tan especial. La ilusión, al ver al Señor de la Bondad cada vez, rodeado de más niños, jóvenes y adultos; serenidad y paz, como la que me dedica con su mirada el Cautivo y su Madre desde el umbral de San Miguel. La efímera eternidad, que cada Lunes Santo me regalan el Cristo del Calvario y la Virgen del Mayor Dolor en la revirá de la calle Panduro con Marchena que no tiene fin; la consumación de la pasión, colgada del madero salesiano que pasa sin sentirla, hecha Buena Muerte, tras un camino de Amargura; la religiosidad profunda, escondida en cada altar del Jueves Santo de nuestras parroquias y conventos que abren el camino hacia la salvación con el Triduo Pascual. La inmortalidad de un momento, que parece que se evaporará con el tiempo, pero que sigue sujeta a nuestros recuerdos, como el Cristo de la Expiración a esa cruz que nos marca la Esperanza de la Resurrección; al reencuentro con tu interior más profundo, marcado en cada Madrugá, cuando espero a Ntro. Padre Jesús en el mismo lugar que lo descubrí hace ya tantísimos años, cuando la Vía Dolorosa, que nos lleva a los Dolores por los que ya no están conmigo, era en sentido contrario.

La simbiosis, que inunda el Viernes Santo por la tarde y noche, entre sentimientos de tristeza, Angustias, nostalgia porque se nos escurre entre los dedos nuestra semana más grande, y al mismo tiempo de Victoria, recogida en los brazos de todas nuestras hermandades, cuando las calles de Morón se convierten en el trayecto del Calvario a la sepultura; los contrastes que llegan el Sábado Santo, manifestados en el luto de las túnicas y antifaces y de nuevo la inmaculada ilusión blanca del escapulario de sus nazarenos, que nos llevan al encuentro con la Resurrección, que se producirá instantes después que nuestra Madre de la Soledad nos alivie, nuevamente, con ese nuevo contraste entre lágrimas y media sonrisa anunciando la gran nueva.

Y por último, para quien les escribe, todos estos sentimientos se aúnan y se hacen patentes en mí, no sólo en Semana Santa, sino en todo el año, en el Miércoles Santo, jornada preñada de ilusión desde sus albores cuando el Martes Santo toca a su fin, inicio de una pasión hecha Agonía que encuentra la serenidad en la confortación del Ángel enviado, que se hace eterna por Padre Galán, e inolvidable en las personas que viven por y para nuestra hermandad, en el reencuentro anual con los más débiles de la residencia de San Francisco y la simbiosis y contrastes que confluyen en nuestra Madre de Loreto, porque siendo dolorosa, en ella vivo la gloria de pertenecer a su hermandad.