Divina Pastora, iglesia de San Ignacio de Morón

Artículo escrito por José David García Luna, graduado en Historia del Arte por la Universidad de Sevilla. Máster en Patrimonio Artístico Andaluz y su Proyección Iberoamericana. Doctorando en Historia.

– En el Arte, la auténtica revolución será la vuelta a los orígenes: pureza, proporción, respeto y conocimiento hacia nuestros antepasados.-

Esta proclama que bien podría cerrar la crónica de una soleada tarde de toros en la Maestranza de Sevilla me surge, como hemos hecho la mayoría de los lectores, de la reflexión a la cual nos hemos visto obligados a hacer todos aquellos que, de una forma u otra, quieren y sienten a su(s) cofradía(s) como una parte indivisible de su sino. Muy probablemente, todavía el fin de esta pandemia esté, por desgracia, en cierta parte lejano. Volveremos, de eso no cabe duda, pero todavía no sabemos ni cuándo será ni en qué forma.

Papas, Arzobispos, Reyes o epidemias aún mas mortíferas intentaron siglos atrás acabar con la religiosidad popular entendida a nuestra forma: procesionar con sagradas imágenes llevando la fe a todos los rincones posibles de la ciudad. Toda crisis anterior llevó aparejada un cambio, o varios, y derivaron en unas formas que llegan a nuestros días.

En estos tiempos tan difíciles, donde los historiadores nos sentimos a veces predicadores en el desierto –y eso que donde nos movemos somos de sobra conocidos-, a veces nos hieren las críticas por intentar hacer llegar la verdad cierta. Tenemos en nuestra particular cruz el deber de continuar el camino como hizo Jesús, máxime en un tiempo en donde la fe se ha visto obligada a girar hacia el interior de los templos: parece ser que no se disfruta con un rato de oración en silencio, sentado en un banco frente a tu titular, sino en volver a los fastos de sacar pasos a la calle.

Las hermandades tienen la coyuntura perfecta para poner a prueba más que nunca los tres principios básicos de Formación, Caridad y Cultos, sin caer en la foto barata. Poner a punto el espacio sagrado, sus retablos, sus imágenes, sus ajuares y, sobre todo, abrir nuevas “cepas” en el pensamiento colectivo de que la hermandad, como hecho eminentemente social, sigue viva todos los días del año, salgan o no las cofradías a la calle.

Parece que, entre tanto nervio de un solo día, habíamos olvidado que el espacio sagrado también necesita de sus atenciones, de sus “médicos”, y de sus “tratamientos”. Sin partidas de gasto destinadas a la estación de penitencia, es labor loable digna de reseñar la de muchas hermandades que han procurado restaurar y mantener al día todo su patrimonio histórico, por no hablar de otras que se han decidido a recuperar modelos antiguos de bordados o platería que quedaron en el cajón, manteniendo la actividad de talleres artesanales y familias que han visto muy mermados sus ingresos. Y no sólo hablamos de restaurar y acometer: muchas se han sumado a las nuevas tecnologías con perfiles de Facebook o Instagram, o números de teléfono con WhastApp para tener al día de las convocatorias de culto a sus hermanos, e incluso se han atrevido a organizar conferencias y exposiciones para dar a conocer esa herencia de tantos años y que a veces nos olvidamos que están en nuestro templo.

Y todo ello, sin perder de vista la ayuda al prójimo, superando el vacío y manido argumento de que con actividades de por medio no se puede hacer caridad. Cuidar el patrimonio también es caridad. Enseñar al que no sabe también es caridad. Preocuparnos por el vecino que tiene a sus hijos en paro, también es caridad. Las hermandades tienen la coyuntura perfecta para poner a prueba más que nunca los tres principios básicos de Formación, Caridad y Cultos, sin caer en la foto barata. Poner a punto el espacio sagrado, sus retablos, sus imágenes, sus ajuares y, sobre todo, abrir nuevas “cepas” en el pensamiento colectivo de que la hermandad, como hecho eminentemente social, sigue viva todos los días del año, salgan o no las cofradías a la calle.

Termino esta brevísima reflexión con la consigna que la villa de Morón le dedicó en 1842 a la Divina Pastora de la Compañía, tras haber pedido su intercesión por el fin de una sequía que azotaba el pueblo por aquellos entonces:

“La Divina Pastora es en toda tribulación y necesidad el áncora de nuestra esperanza”

Divina Pastora, iglesia de San Ignacio de Morón
Crisis artística en épocas de crisis, apenas una muestra: el desaparecido retablo-gruta de la Divina Pastora de las Almas, desgajado sin motivo tras unas poco ortodoxas obras en el templo de San Ignacio de Loyola. Mostraba junto al de la Magdalena los dos únicos ejemplos de este tipo de retablo dieciochesco en la ciudad de Morón, siendo removido sin criterio y con la Pastora que a punto estuvo de desaparecer tras ser usurpada.